• Alma Moya

Las empresas y la responsabilidad social en México


México enfrenta desafíos significativos con respecto a su desarrollo con una sociedad desconfiada, indiferente y escasamente involucrada ante la continua simulación del aparato gubernamental.

En el mundo incongruente y de fatuos valores como en el que vivimos, no resulta fácil identificar cuáles son los principales retos que nuestro país enfrenta respecto al bienestar social, tanto en términos ciudadanos como empresariales y gubernamentales, pues nos encontramos ante la permanente necesidad de priorizar entre los muchos cursos de acción posibles que van desde el reemplazo del asistencialismo por efectivas políticas de desarrollo hasta la verdadera ejecución del estado de derecho como condición fundamental. Si bien han existido planes de desarrollo sexenales que cumplen en el papel con los requisitos establecidos en el artículo 26 de nuestra Carta Magna, también es cierto que ante el repetitivo discurso y la paupérrima capacidad de realización de lo expresado en documentos y dichos, ha nacido un escepticismo y hasta un rechazo por parte de la sociedad civil que después de muchos años observa acciones tanto por parte del gobierno como de la cúpula empresarial, que resultan lentas, burocráticas, descoordinadas y poco transparentes.

Si intentamos dejar atrás el pasado y buscamos enfocarnos en la situación actual, el gobierno en funciones contempla un México en paz, incluyente, con educación de calidad, próspero y con responsabilidad global (Plan Nacional de Desarrollo, 2013-2018), enunciado que resulta interesante, incluso atractivo. Sin embargo, surgen de inmediato las preguntas sobre la forma en que se debe trabajar para alcanzar el estado descrito en el Plan. ¿Cómo transformar entonces un círculo vicioso en virtuoso? ¿Cómo priorizar cuáles de nuestras carencias y deficiencias atender y lograr el desarrollo deseado? ¿Cómo dejar atrás la demagogia partidista que busca votos pero que al mismo tiempo como consecuencia y destino perverso no mitiga el hambre, no educa, no reduce las desigualdades? ¿Cómo combatir la corrupción que alcanza niveles brutales más allá del burdo enriquecimiento ilícito y que muestra un nivel de desprecio hacia las mayorías por gran parte de la clase política? ¿En dónde está la conciencia global de nuestro país cuando con frecuencia descubrimos ejemplos de depredación del medio ambiente a cuenta del beneficio económico de un puñado de distinguidos funcionarios públicos o empresarios?

Pareciera que por parte del gobierno no veremos cambiar las cosas, al menos hasta llegar a un punto de no retorno donde la situación colapse totalmente. Entonces, ¿es acaso nuestra única posibilidad apostar al sector empresarial para el desarrollo de una cultura socialmente responsable? Tal vez no sea la única posibilidad, pero es indudable el primerísimo papel que este sector puede desempeñar. Si bien para algunos es difícil ver al sector empresarial como portador de un estandarte de responsabilidad social cuando, por ejemplo, se presentan casos en que empresas pueden ostentar un certificado que las avala como socialmente responsables, pero por el otro lado se hacen acreedoras a multas millonarias por fijar precios o bien fabricar automóviles que no cumplen con estándares ambientales, no podemos llegar al extremo de pensar que la verdadera motivación de aquellas empresas públicamente reconocidas por su participación social sea solamente obtener ventajas competitivas al provocar una reputación altruista más allá de la búsqueda genuina de bienestar en el entorno.

A pesar de las comprensibles dudas, como oficial de responsabilidad social en diversas empresas internacionales donde he trabajado puedo mencionar que las contribuciones a numerosas causas son efectivamente genuinas. Sumas millonarias han sido destinadas a verdaderos proyectos de beneficio para el medio ambiente y búsqueda de desarrollo social. Por mencionar algunos de estos casos puedo hablar de apoyos económicos para la conservación de la reserva de la biósfera o de las aves playeras, becas de estudio en países subdesarrollados, contribuciones para la restauración del delta del río Colorado por citar un ejemplo concreto, construcciones de aulas en escuelas de comunidades marginadas, entre otros muchos esfuerzos.

Pensar que toda la filosofía que representa la responsabilidad social no se prostituya resulta ingenuo, sin embargo, pese a todo, hay contribuciones reales y no pienso que debamos de dejar de insistir, sino por el contrario, sumar y redoblar esfuerzos para pasar de las palabras a los hechos.

Ante múltiples líneas de acción, pienso que en nuestro país los esfuerzos de responsabilidad social deben enfocarse en combatir la pobreza extrema a través de una serie de acciones encadenadas que, si bien deberán usar herramientas de asistencia social en un principio, deberán ser también capaces de establecer el mecanismo que permita el desarrollo a mediano plazo de modo que desaparezca la necesidad de asistencia elemental. Si vemos estas acciones alineadas en un sentido progresivo, podemos decir que la educación es indispensable, que la educación efectiva traería como consecuencia conciencia social que provocaría intolerancia a la corrupción y respeto al estado de derecho, lo que a su vez abatiría la impunidad y traería justicia y seguridad a nuestra nación que nos permitiría voltear con convicción hacia nuestro medio ambiente y así preocuparnos por la calidad de vida y el futuro de las próximas generaciones. Si no somos capaces de hacer realidad esta progresión, seguiremos sin presente y sin futuro.

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